No había cámara, pero queríamos fotos» : así trabajaban los minuteros en la posguerra de España

España salía de la guerra con la mesa vacía y el álbum en
blanco. Aun así, la gente siguió posando bajo el sol.

En plazas, paseos y playas, un trabajo ambulante convirtió la
espera en minutos y la necesidad en retratos. Allí nació una manera
popular de hacer memoria, barata, rápida y a pie de calle.

Qué oficio parecía antiguo pero floreció en la posguerra

En la posguerra española, los
fotógrafos minuteros y los llamados
leiquistas llenaron el hueco entre el estudio y la
nada. Ofrecían imágenes asequibles a quienes no podían pagar un
retrato formal. Funcionaban como servicio público sin serlo:
captaban bodas humildes, comuniones, bautizos, domingos de parque y
excursiones al mar.

Un retrato costaba poco y llegaba en minutos. Era memoria contra
la escasez y una prueba de dignidad.

Dos vías en la calle: minuteros y leiquistas

El minutero trabajaba con una gran cámara de
madera
que escondía dentro su propio laboratorio. Ese
cajón era estudio, cuarto oscuro y tienda a la vez. El leiquista,
en cambio, operaba con cámaras de 35 mm ligeras
—la Leica como referencia— y vendía la toma para
entregar la copia al día siguiente o en pocas horas, ya positivada
en laboratorio.

  • Minutero: retrato en el acto, copia en papel,
    formato tipo tarjeta postal.
  • Leiquista: movilidad total, más tomas por
    jornada, mejor respuesta en eventos masivos.
  • Ambos: precios populares, trato cercano, trabajo estacional y
    largas jornadas al aire libre.

Cómo funcionaba la cámara minutera

La cámara minutera parecía simple, pero exigía
oficio. El fotógrafo encuadraba con un vidrio esmerilado, calculaba
la luz a ojo y manipulaba el papel sensible con el
brazo dentro de un manguito de tela negra. Primero obtenía un
negativo directo sobre papel; luego lo re-fotografiaba para lograr
el positivo final.

Cámara y laboratorio en una caja: enfoque, negativo,
re-fotografía y copia final sin salir de la acera.

La técnica respondía a un guion repetido y preciso:

  • Colocación y enfoque del sujeto, con pose estable para evitar
    trepidaciones.
  • Exposición corta, aprovechando luz natural y reflectores
    caseros.
  • Revelado y fijado en cubetas internas, con químicos
    reutilizados para estirar costes.
  • Positivado por contacto o re-fotografiado del negativo de
    papel.
  • Secado rápido y entrega, a veces dentro de una cartulina
    protectora.

Puesta en escena: telones, atrezo y vestimenta

El oficio también fabricaba ilusión. Muchos minuteros
desplegaban telones pintados con paisajes,
monumentos o un falso balcón con macetas. Sumaban
atrezos ligeros: caballitos de cartón, sillas
ornamentadas, marcos recortados. El objetivo era ofrecer una escena
amable, distinta del barro cotidiano.

La indumentaria marcó una evolución social. En los años veinte y
treinta se veía traje y sombrero; tras la guerra dominó la
bata de trabajo, la boina y las
alpargatas. Se impuso la funcionalidad: bolsillos
para pinzas, trapos, cajas de papel y dinero menudo.

Minutero o leiquista: diferencias que importan

CaracterísticaMinuteroLeiquista
EquipoCaja-cámara con laboratorio integradoCámara de 35 mm ligera (Leica o similar)
EntregaEn minutos, en la propia calleEn horas o al día siguiente
Calidad y formatoPositivo sobre papel, tonos suavesNegativo en película, copias variadas
MovilidadEstática, requiere trípode y telónAlta, cobertura de eventos y paseos
Precio y volumenMuy popular, pocos retratos a la vezPopular, más disparos por jornada

Regulación, competencia y declive

La calle se llenó de cámaras tras la guerra. Los ayuntamientos
exigieron licencias y cuotas, fijaron zonas y
vigilaron la competencia. En grandes ciudades convivieron cientos
de profesionales. La llegada de cámaras domésticas
baratas
en los años setenta cambió el juego: las familias
comenzaron a fotografiar por su cuenta, y el oficio perdió
demanda.

Sobrevivieron los más versátiles: quienes añadieron fotos de
ceremonia, ferias o verbenas; quienes se agruparon en cooperativas;
quienes ofrecieron ampliaciones y álbumes. Con el tiempo, los
minuteros quedaron como memoria viva en plazas turísticas y fiestas
locales, y sus imágenes pasaron a álbumes familiares, mercadillos y
archivos municipales.

Por qué te afecta hoy

Si en casa guardas retratos sin marca de estudio, en formato
pequeño y con bordes dentados, quizá tengas una pieza de ese
pasado. Es memoria visual de abuelos y bisabuelos, pero también un
espejo de la calle: ropa remendada, peinados de domingo, ufanía
contenida. Son documentos sociales que completan aquello que no
cuentan los manuales.

Cómo reconocer una foto de minutero

  • Copia única o pocas copias, a veces con virado en tonos
    sepia
    .
  • Formato pequeño tipo tarjeta postal o
    cartulina fina.
  • Fondos pintados, bancos de madera o atrezos
    sencillos.
  • Definición media y ligeras marcas de pinza o agua en el
    borde.
  • Dorso sin sello de estudio, con anotaciones a lápiz o
    tinta.

Cómo conservar y digitalizar estas imágenes

  • Guárdalas en fundas de papel libre de ácido y
    evita plásticos cerrados.
  • Mantén las fotos en lugares secos y estables, lejos de luz
    directa.
  • Digitaliza a 600 ppp en color, incluso si ves blanco y negro;
    así registras virados y manchas.
  • Renombra archivos con fecha aproximada, lugar y personas
    identificadas.
  • Comparte copias con la familia y guarda un respaldo fuera de
    casa.

Lo que ganabas cuando te hacía la foto un minutero

El retrato no era solo una imagen. Era una carta de presentación
para cartas, permisos, carnet de racionamiento o un recuerdo
enviado por correo a familiares emigrados. También funcionaba como
rito civil: posar confirmaba pertenencia, celebraba una unión o
contaba que la criatura ya andaba sola.

Una foto barata podía significar identidad, afecto a distancia y
una prueba de que la vida seguía su curso.

Si te interesa ir más allá

Puedes montar una cámara estenopeica con una
caja, cartulina negra y papel fotográfico para entender la lógica
del negativo directo. Un taller simple te permite medir luz,
controlar tiempos y apreciar por qué aquellos retratos exigían
paciencia y oficio.

Otra vía consiste en buscar en mercadillos de barrio y preguntar
por retratos antiguos sin sello. Negocia lotes pequeños y clasifica
con calma; muchas veces encontrarás series tomadas en el mismo
banco, con el mismo telón y familias enteras que vuelven a la
cámara año tras año. Ese conjunto crea una narrativa social valiosa
para escuelas, asociaciones vecinales o proyectos de memoria
local.

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