A Cogolludo se le conoce, y se le quiere, por su palacio ducal sobre todo. Llama la atención que en un pequeño pueblo asentado sobre una colina de la Serranía de Guadalajara, a casi 900 metros de altitud, haya un edificio con semejante porte florentino y asombrosa horizontalidad. Está considerado, además, como la primera gran obra civil del Renacimiento en nuestro país. Pero lo mismo pasa en Pastrana, en la comarca de la Alcarria, con el palacio donde estuvo encerrada la princesa de Éboli. O en Atienza, también serrano, con su castillo literario y el arco de Arrebatacapas.
La razón de semejante patrimonio en Cogolludo está en que fue señorío de los duques de Medinaceli. Antes había sido de los obispos de Toledo, de la Orden de Calatrava y de los Mendoza. El palacio en cuestión lo mandó construir el primer duque, Luis de la Cerda y de la Vega, para su hija Leonor. Lo dejó en manos de Lorenzo Vázquez de Segovia, que no escatimó en alardes arquitectónicos. Para el histórico año de 1492 ya estaba terminado.
Por fuera, el muro luce un elegante almohadillado. Un juego geométrico solo interrumpido por los seis dobles vanos que se abren a modo de ventanas en la parte superior. Se contrapone una figura circular que encierra el escudo de la Casa de Medinaceli. Recoge los símbolos de Isabel de la Cerda y Bernardo de Bearne, los primeros condes de Medinaceli, título otorgado en 1368 por Enrique II de Castilla. Después, el condado pasó a ser ducado por la gracia de Isabel la Católica en 1479. Bajo el escudo, que nos pone en situación, una puerta plateresca flanqueada por columnas y con profusa decoración. Remata el conjunto, ya en el umbral del cielo, una balaustrada con crestería volada que es pura filigrana pétrea.
Un palacio renacentista en Cogolludo
Por dentro es impresionante, pero con mesura. Hay que fijarse en la exquisita yesería mudéjar sobre la chimenea y en la cubierta de madera del techo, inspirada en los alfarjes árabes, de su Salón Rico. Mientras, el patio central, del que se conserva la parte baja, ayuda a hacerse una idea de cómo fue la vida en palacio. En torno a él se disponían las estancias nobles. El palacio ducal de Cogolludo captura el momento justo en el que el gótico se contiene y se hace renacentista. Solo él ya vale el viaje, a algo menos de hora y media de Madrid.
El patio del palacio de Cogolludo aún conserva su esencia.
CULTURA CASTILLA-LA MANCHA

A este palacio pertenece la escultura romana de Zenón de Afrodisias, un artista anatolio que trabajó a mediados del siglo II d.C. La pieza fue descubierta en una excavación arqueológica y adquirida por los duques de Medinaceli, que poseían una colección de esculturas clásicas. Hoy puede verse en el Museo de Guadalajara, ubicado en otro palacio, el del Infantado, muy semejante al de Cogolludo, prácticamente coetáneos. Aquel fue mandado construir por Íñigo López de Mendoza y Luna, segundo duque del Infantado, y fue testigo de la boda de Felipe II con Isabel de Valois en 1560.
Una plaza porticada y dos iglesias
A pesar de que el palacio es protagonista absoluto, a su vera se extiende la plaza Mayor porticada, del siglo XVI, donde está el ayuntamiento (XVIII), con su emblemática torre del reloj, y una fuente barroca de cuatro caños. Desde aquí, habiendo descendido ya de los cielos aristocráticos, hay que pisar la tierra de sus estrechas calles y dejarse seducir por el encanto de la arquitectura tradicional. Después, es cuestión de subir nuevamente a las alturas de sus iglesias de Santa María (XVI) y de San Pedro (XVII), esta última construida sobre una románica y con interesantes tumbas de alabastro.
Cogolludo tiene una plaza Mayor porticada.
TURISMO GUADALAJARA

La iglesia de Santa María, además de ser una joya renacentista en sí misma, lo es por albergar en su interior un lienzo de José de Ribera, el Españoleto. Se trata de Los preliminares de la crucifixión, también procedente del palacio ducal y también de su Salón Rico, a donde había llegado de la mano de Antonio Juan Luis de la Cerda, VII duque de Medinaceli, que se había casado con Ana María Luisa Enríquez de Ribera y Portocarrero, sobrina del virrey de Nápoles, heredera del cuadro. El Ribera fue un regalo del V duque de Alba, Antonio Álvarez de Toledo, a su antepasado Fernando Enríquez, en 1626.
El robo del cuadro de Ribera
Cuando el palacio fue desmantelado en el siglo XIX, se trasladó a este templo, de donde salió con dirección al Museo del Prado para su restauración tras la guerra civil española, en 1948. Un año después ya estaba de vuelta. Quién podía imaginarse entonces que, en la madrugada del 18 de octubre de 1986, unos ladrones iban a entrar en Santa María y llevarse tan valioso tesoro.
La iglesia de Santa María alberga un cuadro de José de Ribera.
CULTURA CASTILLA-LA MANCHA

El cuadro fue desmontado del retablo, se le quitó el marco y el bastidor, se enrolló y no se supo más de él hasta que la Policía lo localizó el 13 de junio de 1987 en Bilbao, cuando los ladrones intentaban cruzar la frontera. El robo se atribuye a Erik el Belga (1940-2020), uno de los más prolíficos ladrones de arte en Europa y gran expoliador, sobre todo en Castilla y León, aquí en España. Antes de ser devuelto a Cogolludo, el Ribera pasó por Sigüenza. Hubo que esperar que la iglesia fuera restaurada y reuniese las condiciones de seguridad necesarias para albergarlo.
La fiesta de las mujeres
Después de ver el palacio de los Medinaceli, la plaza porticada y la iglesia, faltan sus cinco ermitas, aunque llegó a tener 17, y el castillo, del que partían las murallas que rodeaban la villa. Apenas quedan las ruinas de su torre islámica y parte de los muros. Es el mejor sitio para ver la estampa de Cogolludo. En cuanto a la mejor ficha para visitar este pueblo guadalajareño, sin duda es el 5 de febrero. Ese día se celebra la fiesta de las Águedas, cuando las mujeres se hacen con el poder y ocupan los cargos ocupados normalmente por los hombres.
Así, se elige una alcaldesa mayor por un día, a quien se le impone la banda y se le entrega el bastón de mando. Una fiesta que ya se celebraba en 1598, que comienza con el volteo de las campanas y sigue con el pregón, el desfiles con gigantes y cabezudos y charangas. Al día siguiente, hay pasacalles, comida, baile y chocolate con bizcochos. Las mujeres se visten con sus trajes de alcarreñas y reparten el pan de Santa Águeda. Una vez en Cogolludo, la ruta se puede alargar por Hita, Jadraque o los pueblos de la arquitectura negra.


